En Carolina del Sur, las autoridades enfrentan un incremento de contagios que ha obligado a implementar aislamientos y lecciones a distancia, mientras los centros médicos se preparan para una posible escalada de pacientes.
Las familias afectadas reciben correos electrónicos a altas horas de la noche informando sobre la exposición de sus hijos en la escuela. Los consultorios pediátricos reportan un aumento de llamadas de padres solicitando información sobre el estado de inmunización de sus niños. En los hospitales, se han visto escenas de angustia, como la de un padre ingresando de urgencia con un bebé enfermo en brazos.
El origen de este brote, que inició a finales del año pasado en el condado de Spartanburg, ha superado ya el centenar de infectados. Más de doscientas personas han tenido que guardar cuarentena, generando una ola de preocupación que se extiende por el área, una región políticamente conservadora que ha experimentado un notable crecimiento industrial y demográfico.
Las medidas de contención han traído reminiscencias de la crisis global reciente. Varios alumnos han tenido que regresar a esquemas de educación desde casa, forzando a los adultos a modificar sus horarios laborales para poder supervisarlos. La duración prolongada de los períodos de aislamiento ha generado malestar en la comunidad. Además, los debates sobre la efectividad de las vacunas, que se intensificaron en años anteriores, siguen vigentes, con una parte de la población local mostrándose reacia a la inmunización, especialmente para los menores.
Ante la expectativa de un repunte en los ingresos hospitalarios, las agencias de salud pública insisten en recordar a la población que la vacuna contra el sarampión —una enfermedad considerada erradicada en el país desde hace más de veinte años— es una herramienta segura y de probada eficacia.
“Existe un punto de inflexión en toda situación de contagio colectivo donde la percepción social muta, y las inquietudes de las familias evolucionan desde la simple curiosidad hacia el temor”, explicó un médico pediatra de la zona. “Paralelamente, el personal clínico pasa de un estado de observación rutinaria a uno de máxima alerta”. Según su testimonio, ese momento crítico se alcanzó recientemente.
Aunque los casos de sarampión se han registrado en distintos puntos del país durante este año, el rápido aumento en Carolina del Sur ha generado especial alarma. Las autoridades temen que la temporada de festividades, caracterizada por reuniones sociales y familiares, pueda acelerar la dispersión de este padecimiento de alta transmisibilidad, particularmente entre la población infantil. La movilidad asociada al feriado de Acción de Gracias habría sido, según indicaron, un factor relevante en la actual propagación.
Las consecuencias del brote han alterado la vida cotidiana incluso de quienes no han contraído la enfermedad. Las estrictas normas de aislamiento para personas no vacunadas expuestas al virus, que pueden extenderse hasta por tres semanas, han impactado la asistencia escolar y laboral.
Los datos de inmunización del último ciclo escolar para el condado de Spartanburg muestran que cerca del 90% de los estudiantes había completado el esquema de vacunación infantil, que incluye la vacuna triple viral (contra sarampión, paperas y rubeola). Esta cifra se sitúa ligeramente por debajo del promedio nacional y del umbral del 95% que los expertos consideran necesario para garantizar la inmunidad comunitaria y frenar la cadena de contagios.
El nivel de preocupación entre los habitantes parece estar directamente vinculado a su postura personal respecto a las vacunas en general, una corriente de escepticismo que ha encontrado eco en figuras públicas y políticos. En conversaciones recientes, algunos residentes restaron importancia a la situación, calificándola de exagerada. “No es realmente un brote epidémico”, comentó un inmigrante residente en la zona. “Debemos ser cuidadosos con nuestras actividades, pero no todo merece una alarma”.
Para los padres de niños en edad temprana, la situación es fuente de gran ansiedad. Los recién nacidos normalmente reciben su primera dosis de la vacuna triple viral al cumplir el primer año de vida, y la segunda a los cuatro años. Ante el brote, algunas familias con hijos en ese rango de edad han optado, previa consulta médica, por adelantar el calendario de inoculación.
Una madre de 32 años del condado vecino de Greenville relató que había estado monitoreando de cerca las noticias sobre los casos locales. Al intensificarse la situación en Spartanburg, decidió vacunar a su hijo de casi un año en octubre. “Me sentí nerviosa y algo molesta de tener que vacunarlo antes de lo planeado debido a que otras personas eligieron no hacerlo”, compartió.
Otra madre, investigadora clínica de 36 años, tomó una decisión similar al adelantar la segunda dosis para su hijo de tres años. “Me parece muy triste”, expresó con emoción. “Ver a niños vulnerables sufriendo cuando podrían estar protegidos es… son solo niños. Es difícil ver a una población tan frágil en peligro de esta manera”.
No obstante, persiste un resentimiento significativo hacia las autoridades sanitarias por las restricciones impuestas durante la emergencia anterior. El gobernador estatal, Henry McMaster, afirmó que no se impondrán mandatos de vacunación contra el sarampión. “Ya pasamos por eso con el Covid, y no queremos ir en esa dirección”, declaró. “La gente debe entender que es peligroso, como muchas otras enfermedades. Si existe una manera de prevenirlo, deberían hacerlo”.
Un legislador estatal republicano por el área afectada reconoció que muchas personas, incluido él mismo, consideran que el gobierno sobrepasó sus límites durante la pandemia al ordenar el cierre de negocios y escuelas. Esas decisiones, afirmó, generaron desconfianza hacia las políticas de salud pública, especialmente entre los votantes conservadores. Sin embargo, este mismo político hace un llamado pragmático a la vacunación, argumentando con vehemencia que es inaceptable que alguien fallezca por sarampión en la actualidad por rechazar una vacuna disponible.
Información basada en reportes de Eduardo Medina y Nick Madigan para The New York Times.
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